La barca encantada

 

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En nuestro segundo programa recuperamos un cuento popular de la costa catalana, que reinterpreta el tema del vuelo de las brujas, una constante en la mitología popular europea. El texto lo tradujimos de  “Les llegendes de Bruixes a Burriac”, de Antonio Llamas Mantero, publicado en la revista “Fulls” nº34, Mataró, Museo-Archivo de Santa María, 1989, p.38, que puede descargarse aquí.

Perot era un buen pescador de Cabrera que cada día, al atardecer, encendía su pipa, desataba su barca y partía a la mar con dos compañeros que por lo general no faltaban a la cita. Un día del mes de abril, cuando el sol ya había desaparecido tras la sierra de San Mateu, Perot esperaba en vano la llegada de aquellos compañeros. La mar, calmada y lisa, invitaba como nunca a salir de pesca. Poco a poco aflojó las cuerdas de la barca, tomó los remos y murmurando una canción se adentró en el mar hasta perder de vista la costa.

Cuando la noche ya había extendido completamente su manto de oscuridad, Perot se cubrió con una manta y se estiró en el fondo de la barca, bajo el banco de popa, dejando que la embarcación vagara a la aventura. La naturaleza parecía tan tranquila como el pescador, que lentamente se iba adormeciendo.
El sonido del campanario de Sant Feliu de Cabrera anunció la medianoche. En la cima del monte Burriac, seis brujas lo escucharon también, fijando su inquisitiva mirada en la mar. De repente, una de ellas señaló el lugar en el que estaba la barca de Perot, diciendo:

– Mirad, una barca sola y abandonada.
– Abajo y a ella -respondió otra bruja.

Y de este modo las seis, cabalgando en sus escobas, se lanzaron al abismo cayendo en breve, sacudiéndola con fuerza. Una vez allí las seis brujas se tomaron de las manos, gritando a una voz:

– ¡Arriba la barca! Arriba por la una… por las dos… por las tres… por las cuatro… por las cinco… por las seis…

Pero la barca no se movía. Y aún menos el asustado Perot, que despierto por el movimiento a penas se atrevía a respirar, temiendo lo que le pudiera pasar si aquellas huéspedes no invitadas llegaban a percibir su presencia.
Las brujas se miraron entre sí, sorprendidas de que no les funcionara el conjuro. Después de una pequeña pausa, alzando las escobas, volvieron a gritar:

– ¡Arriba la barca! Arriba por la una… por las dos… por las tres… por las cuatro… por las cinco… por las seis…

La barca siguió tan inmóvil como en la primera ocasión: el conjuro no tenía fuerza suficiente. Perot, que comprendía el motivo de aquello, se angustiaba cada vez más. Entonces, una de las brujas dijo a sus compañeras:

– Es muy raro esto que pasa. Por ventura alguna de vosotras carga un niño en su vientre?
– Yo creo que no… – objetó una.
– Ni yo.
– Ni yo, que sepa. – y lo mismo dijeron las restantes.
– Entonces, ¿por qué la barca no se mueve? Por si acaso, aumentaremos en uno nuestro número.

Y volviendo a alzar las escobas, gritaron aún más fuerte que antes:

– ¡Arriba la barca! Arriba por la una… por las dos… por las tres… por las cuatro… por las cinco… por las seis… ¡por las siete!

Y esta vez el conjuro sí tuvo efecto: la barca se lanzó mar adentro más rápida que el viento. Tan rápido que en muy poco tiempo, ya estaba en América. ¡Allí fueron a hacer sus males las brujas endiabladas!: Una levantando nubes, dejando caer granizo; otra, metiéndose por las grietas sin fondo de los abismos, provocaba fuertísimos terremotos; otra desataba vientos huracanados que todo se lo llevaban… En medio de aquella batalla elemental, la barca del asustado Perot se encontraba como clavada en las aguas y ni se movía, pero sobre ella el viento lanzaba toda una lluvia de hojas, troncos, cañas y frutas tropicales.

Cuando las brujas hubieron satisfecho su espíritu de maldad y destrucción, considerando que ya habían hecho bastante mal, volvieron a la barca y con la misma conformidad, repitieron de nuevo su conjuro:

-¡Arriba la barca! Arriba por la una… por las dos… por las tres… por las cuatro… por las cinco… por las seis… ¡por las siete!

Y con la misma velocidad de la ida, la barca fue transportada de regreso a la playa de Cabrera de la que había salido. Las brujas volvieron a Burriac antes de despuntar la rosada aurora. Desde aquel momento, Perot no se cansó de explicar a todo el mundo que quisiera escucharlo, el relato de su ida y regreso de América en una sola noche. Y si alguien lo dudaba, mostraba las cañas, hojas y frutas que pudo rescatar del fondo de la barca, y que siempre conservó en memoria del viaje que había realizado con las brujas.

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